¿Quién tiene la guadaña lo suficientemente afilada como para cortar los tallos del capitalismo hoy en día? 

Vivimos en un mundo dominado por el principio de la propiedad privada. Una vez que los indígenas fueron despojados de sus tierras, la tierra fue inspeccionada, subdividida y vendida al mejor postor. Desde lo alto, los continentes aparecen ahora como un inmenso mosaico de propiedades: granjas verdes y amarillas, casas suburbanas beige y bloques de ciudades en gris metálico que se extienden de costa a costa.

La lógica central de este régimen es la productividad, y de hecho ha sido monstruosamente productivo. En conjunto, la revolución industrial y los frutos de miles de millones de hectáreas de tierra indígena despojada y parcelada en las Américas, África, Asia, Irlanda y Australia, permitieron a dos imperios de habla inglesa - primero los británicos y luego los estadounidenses - alcanzar el dominio global. Este último sigue siendo la economía más productiva del mundo.

La propiedad también encarna y mantiene un conjunto de valores y relaciones con la tierra. Le sirve de propaganda a una visión utópica llamada “sueño americano”, en la que el trabajo duro, la tierra y el hogar son una plataforma para acceder a oportunidades ilimitadas - o al menos para escapar - de la dominación del capital. Separa a la humanidad de los animales y cimenta el dominio del hombre sobre el mundo natural y todos los seres vivos

Mientras que la propiedad ha transformado el mundo, sus defectos nunca han sido más evidentes. El campo abierto en la frontera, si alguna vez estuvo al alcance del hombre común, desapareció hace tiempo. Ser propietario de una vivienda ya no proporciona seguridad económica, y parece estar fuera del alcance de las generaciones más jóvenes. El 1% de la población tiene más riqueza que todo el resto del mundo. Al mismo tiempo, la degradación ambiental y el cambio climático avanzan a un ritmo aterrador.

Nuestro régimen de propiedad capitalista y nuestro sistema económico han logrado producir un notable excedente. Sin embargo, los beneficios de este sistema fluyen a una pequeña fracción de la población, mientras que la tierra, el agua, el aire y la gente pagan el costo a largo plazo. Las generaciones anteriores respondieron a crisis similares volviéndose al comunismo. Pero hoy, Marx, Lenin y Mao ya no ofrecen una guadaña lo suficientemente afilada como para cortar los tallos del capitalismo.

Otra posibilidad, más vanguardista, es prestar atención a las diversas voces indígenas desplazadas y ahogadas por el imperialismo. Desde Standing Rock hasta Queensland, los pueblos indígenas demandan una nueva relación con el agua, como sustento de la vida y la tierra del pueblo.

Este enfoque implica devolver tierras y recursos al control indígena y repensar nuestra relación con el medio ambiente, reconociendo y protegiendo los valores indígenas y los derechos de la naturaleza a través de la ley.

Aunque los valores, creencias y prácticas indígenas son tan diversos como los propios pueblos indígenas, tienen como raíz común una relación con la tierra y el agua radicalmente diferente al concepto de propiedad. Para los pueblos indígenas, el agua y la tierra son considerados sagrados, parientes vivos, antepasados, lugares de origen o cualquier combinación de lo anterior.

Mi propia gente Tsq'escenemc Secwepemc, por ejemplo, expresa esto diariamente a través de las palabras y nombres de lugares. Tanto la palabra Secwepemc, que es el nombre de nuestra nación, y Tsq'escenemc, el nombre de nuestra comunidad, contienen el sufijo “emc”, que tiene múltiples usos y traducciones como, por ejemplo, persona, pueblo, tierra, suelo, e incluso amamantar.

Las versiones de este sufijo, comunes a todas las lenguas salish, derivan de la palabra proto-Salishtmícw”, que significa mundo, tierra, naturaleza, suelo y espíritu en muchas lenguas Salish. Los modelos lingüísticos sugieren que todos los pueblos de habla salish, cuyos territorios cubren parte de Washington, Oregon, Idaho, Montana y la Columbia Británica, compartieron un lenguaje ancestral común hace 3.000 - 6.000 años.

Entonces, enraizada en cada comunidad salish está la idea - aún más antigua que nuestras lenguas indígenas - que el pueblo es de la tierra y la tierra es del pueblo. Son espíritus afines, vivos e inseparables.

Las epistemologías indígenas fueron casi eliminadas por la colonización. Imperios británicos y americanos despojaron a los indígenas de sus tierras en nombre de la propiedad y la productividad. Muchos niños indígenas fueron enviados a escuelas de la iglesia y del gobierno donde sus idiomas y culturas fueron, literalmente, arrancados a golpes.

A pesar de esta brutal y duradera historia, los pueblos indígenas están hoy al frente de los movimientos globales que luchan por una relación más justa entre la humanidad y la tierra.

Un precedente prometedor en este camino hacia un futuro post-imperial ha surgido en Aotearoa / Nueva Zelanda, donde el Whanganui Maori iwi acaba de ganar una batalla legal de 140 años por el reconocimiento de la personería jurídica del río ancestral Whanganui.

El acuerdo de Whanganui, firmado por el Whanganui iwi en 2014 y promulgado por el parlamento de Nueva Zelanda la semana pasada, estableció dos guardianes para actuar en nombre del río: uno de la corona y otro del iwi. Además del reconocimiento legal de la personería del río Whanganui, el acuerdo proporcionó compensación financiera a la iwi de $ 80m, y una contribución adicional de $ 1m para establecer el marco legal para el río.

Menos de una semana después de que la legislación entró en vigor, el tribunal de Uttarakhand en la India citó la decisión de Whanganui cuando declaró que los ríos Ganges y Yamuna tienen el estatus legal de una persona.

Si bien las implicancias y efectos de estos experimentos legales aún no son visibles, son precedentes potencialmente revolucionarios que ofrecen un camino para redefinir las relaciones entre los gobiernos, los pueblos indígenas y la tierra en el siglo XXI.

Esencialmente, estas decisiones reconocen lo que los pueblos indígenas han creído todo el tiempo: que la tierra y el agua son sagrados, parientes vivos y ancestros, de cuyo bienestar depende la subsistencia de la humanidad.  

Entre la productividad de la propiedad y el reconocimiento de los derechos indígenas y los derechos de la naturaleza, existe el potencial para un futuro más justo para la tierra, el agua y sus relaciones humanas.

 

Texto original: "The western idea of private property is flawed. Indigenous peoples have it right"

Traducción: Lucía Santos