Es difícil imaginar tanto horror, semejante crueldad, tal imperio de la muerte. Pero como es el paso previo a la comprensión, tratemos de asir la idea: concibamos un territorio del tamaño de Croacia donde habitan desde hace siglos varios pueblos, provenientes de distintos troncos y culturas, en una relativa paz entre sí y, sobre todo, con su entorno natural. Ahora supongamos que un día llega un tipo, un grupo de tipos, y deciden que todo cuanto hay –la tierra, las montañas, los animales, los ríos, en especial los árboles y los mismos pobladores– les pertenece. Y en nombre de la fe que profesan, la de la ganancia a cualquier costo, dedican los siguientes cuarenta años a expoliarlo.

Figurémonos que para perpetrar tal desastre el tipo, el grupo de tipos, sometieran, esclavizaran, vejasen, torturasen y finalmente asesinasen a una población equivalente –dependiendo de los estudios– a tres o cuatro o incluso siete veces la que veranea en el balneario de Asia. Su voracidad parece más fuerte que la misma vida. Por eso, cuando todo parezca acabar; cuando se crucen los límites últimos de la humanidad y las leyes, inventarán nuevas formas de rapiña social, y desplazarán aun a más gente, destrozarán más clanes, familias, personas, tantas como las que habitan hoy en La Punta.

Cambiemos Croacia por el territorio que se extiende entre los ríos Putumayo y Caquetá, hoy perteneciente a Colombia, pero entonces –entre mediados de las décadas de 1880 y 1920– una zona difusa que recién se defi nió tras la guerra que sostuvo el Perú con dicho país (1932-1933). Reemplacemos los habitantes, primero de Asia y luego de La Punta, por miembros de las naciones huitoto, ocaina, bora, tikuna, nonuya, miraña, andoke. Nombremos al tipo y sus secuaces como Julio César Arana y los “barones”. Así tendremos, además de la codiciada resina de los árboles de caucho y je be, los elementos que conformaron el llamado ‘boom’ –o ciclo, o era– del caucho, uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia republicana. Una vergüenza que persiste hasta hoy en la indiferencia.

El documental titulado “Memorias del caucho” y una muestra vinculada que acaba de inaugurarse en el Lugar de la Memoria nos interpelan respecto a dicho suceso.

EL PATRÓN DEL MAL

A principios del siglo XVIII el naturalista francés Charles de La Condamine comenzó a prestarle atención a las propiedades de la goma amazónica, pero fue recién en 1839 cuando una serendipia permitió al inventor bostoniano Charles Goodyear crear el proceso de vulcanización, haciendo la resina inmune a los elementos y convirtiéndola en componente esencial de la revolución industrial. La apoteosis llegó cuando, en 1887, John Dunlop patentó el neumático. Ello dinamizó una emergente industria extractiva en Bolivia, Ecuador, Colombia, incluso Venezuela, pero sobre todo en Brasil y el Perú: la vasta Amazonía.

Mientras esto ocurría, un veintea- ñero nacido en Rioja, San Martín, comerciante de sombreros con solo estudios primarios pero gran talento para los negocios, vio la oportunidad e hizo suyos los mandamientos del capitalismo más salvaje: impunidad y libertinaje fi scal, materia prima y mano de obra gratuitas o casi, y eliminación de la competencia. Entonces se trasladó a Iquitos y desde ahí, como hiciera tiempo atrás Carlos Fermín Fitzcarrald en Madre de Dios, miró hacia el noreste y se dijo: Ese será mi reino. Llegó a ser el hombre más rico del país.

Como casi todos los empresarios del hampa, Julio César Arana comenzó su carrera fungiendo de esbirro violento. Se hizo “habilitador”, nuevo nombre para un viejo ofi cio esclavista consistente en ofrecerles a los nativos productos que deseaban o necesitaban a precios absurdos, a la vez que menospreciaba el caucho que recababan. Así, se tenía que trabajar cuatro años para pagar un pantalón y la vida entera no alcanzaba para cancelar un rifle o una máquina de coser (pero eso no era problema: los pendientes se heredaban de padres a hijos; también la deuda –la persona– podía traspasarse a otro cauchero).

Siguió su escalada comprando deudas y territorios a la mala a empresarios colombianos y así, en solo unos años, llegó a trazar un imperio verde y gomoso de 5’744.000 hectáreas entre el Putumayo y sus afluentes, los ríos Igaraparaná y Caraparaná, instalando dos grandes bases de operaciones en La Chorrera y El Encanto.

Con el ingreso al siglo XX y el aumento de la demanda en Europa y Norteamérica, Arana se dejó de delicadezas, se cuestionó por qué pagar poco por la mano de obra si podía no pagar nada, y pasó a la sujeción desenfrenada de nativos. Las “correrías” consistían en la invasión de pueblos y comunidades adonde llegaban los capataces y los “muchachos de confianza” (indígenas envilecidos o que mantenían rencillas con los afectados) armados con fusiles y perros bravos. Lo que seguía era horrorosamente simple: mataban a los que oponían resistencia, se llevaban a los que quedaban y a las mujeres y a los chicos. Niños y viejos no servían para extraer y transportar los “rabos del Putumayo” desde sus puntos de extracción hasta los 45 centros de acopio.

Los que dirigían estas infamias eran tipos vestidos de blanco impoluto que enviaban a sus hijos a estudiar a Londres; y que, mientras colmaban la selva de dolor y sangre con métodos de conquistador español del siglo XVII, daban forma a la absurda belle époque de Iquitos. Apenas un par de años después del inicio de las correrías, Arana se convirtió en alcalde de la ciudad. Es decir, con su disfraz de empresario y de civilizador de fronteras, se hizo también del poder político.

INFIERNO EN EL PARAÍSO

El ‘boom’ del caucho significó aproximadamente el 9% de las exportaciones peruanas y a la vez la desaparición de, por lo menos, 30 mil compatriotas, aunque hay estudiosos que hablan de más del doble: la histórica marginación impide ser más acuciosos. Sin embargo, a la luz de los hechos, puede llegarse a creer que la muerte podía significar un alivio para quienes sufrieron su participación en la “economía gomera”.

Mientras los limeños vivían a plenitud la República Aristocrática, en el Putumayo los esclavos debían cumplir con jornadas de trabajo inauditas, y si al final del día su bola de caucho no llegaba al peso esperado por los capataces, aquellos eran maltratados por haraganes y de inmediato castigados con látigos de cuero de vaca. Si persistían en su negligencia, quienes mandaban tenían a la mano al menos diez maneras distintas de torturarlos, siempre públicas: de lo que se trataba era de amedrentar al resto. Como “la hamaca”, que balanceaba el cuerpo de los infelices sobre una fogata. O los colocaban en cepos hasta dejarlos morir. O los crucificaban. O los ahogaban. O los desmembraban –brazos, orejas, sobre todo ojos–. O ya puestos, si el patrón estaba eufórico, los decapitaban. Existía la libertad absoluta sobre el cuerpo de las mujeres: podían ser violadas como y cuando provocara. Si oponían resistencia eran apaleadas y luego, entonces sí, ultrajadas. Mejor aun, delante de sus familias.

Pero realmente no había que llegar siempre a tanto, porque la extenuación acababa incluso con los más recios. Por último, siempre quedaban los balazos expeditivos o, si se trataba de grupos alzados, la hoguera. Total, indios era lo que más había.

Algunos nativos huían, pese a las consecuencias que ello podía acarrear para sus familias y, claro, para ellos mismos si eran capturados. En medio de tanta aberración, sin embargo, surgió un curaca que se convirtió en leyenda. No se sabe bien cuándo ocurrió, pero Sogalma juntó a varios hombres, llegó a secuestrar a algunos capataces, se alzó en armas. La rebelión, sin embargo, fue repelida con apoyo del ejército. Los indios sublevados fueron recluidos en una inmensa maloca y ardieron en vida. La matanza es recordada como “la quema de la maloca de Atenas”, y Sogalma pasó a representar una encarnación de Juan Santos Atahualpa, una nueva versión del mito de Inkarri.

EL FACTOR BRITÁNICO

Paradójicamente, el mismo crecimiento de los negocios de Arana determinó su caída. Desde el inicio de sus operaciones había visto pasar seis o siete presidentes, todos ellos ocupados en asuntos muy, muy lejanos, casi de otro país, en otro tiempo. Pero las noticias de sus malas artes y peores tratos comenzaban a flotar como la bruma de los ríos. Para blindarse de las posibles acusaciones y captar más liquidez, cotizó en la Bolsa de Londres, se asoció con capitales británicos y creó la Peruvian Amazon Rubber Co.

Las primeras denuncias públicas las hizo ese mismo año de 1907 el periodista iquiteño Benjamín Saldaña Rocca, en los periódicos “La Felpa” y “La Sanción”. Llegaron a tener réplicas en Lima, terminaron en un informe judicial de tres mil páginas y en 230 órdenes de detención que jamás se cumplieron. Saldaña Rocca, quien había sido héroe de la Guerra con Chile, tuvo que vivir desde entonces a salto de mata, por temor a la venganza de Arana.

En 1909, el ingeniero estadounidense Walter Hardenburg, que viajaba ofreciendo sus servicios y terminó siendo secuestrado tras ser testigo de las atrocidades contra nativos y empresarios colombianos, publicó un libro de título elocuente: “Putumayo: The Devil’s Paradise”. Esto dio inicio a una campaña de cierta prensa inglesa que provocó que más de un lord levantara la ceja, en especial los miembros de la célebre Sociedad Antiesclavista. Y no era para menos, si se tenían en cuenta sus espantosas revelaciones. Entonces, los ingleses, alegando que capitales nacionales estaban involucrados y con el argumento adicional de que la Casa Arana había contratado doscientos capataces de Barbados –entonces colonia británica–, mandaron a investigar a un experto: sir Roger Casement.

Casement, quien ya había evidenciado un genocidio análogo en el Congo Belga bajo el reinado de Leopoldo II, investigó apasionadamente el tema y confrontó al mismo Julio César Arana. El resultado de sus investigaciones se conoce como “Libro Azul Británico. Informe y otras cartas sobre las atrocidades en el Putumayo”. Ese fue el verdadero principio del fin: Arana fue citado al parlamento británico en 1913 y, pese a que urdió una campaña mediática para salvar su imagen pública, los ingleses se encargaron de propalar en el mundo entero las atrocidades en la Amazonía, retiraron sus capitales y, por último, se llevaron setenta mil semillas de ‘Hevea brasiliensis’ para plantarlas en sus propias colonias. Para 1914, con el inicio de la Gran Guerra la demanda de caucho se disparó, pero entonces ya producían más caucho en el Sudeste Asiático que en Sudamérica. Dos años después, Casement, acusado de traición a la patria por buscar la independencia de su natal Irlanda con apoyo de Alemania en pleno conflicto, murió ahorcado en prisión. Su vida y esfuerzos inspiraron la novela “El sueño del celta”, de Mario Vargas Llosa.

Saldaña Rocca, Hardenburg, Casement y el parlamento británico fueron quienes frenaron la barbarie. No la opinión pública ni la clase política peruanas.

El holocausto invisible
Juan A. Tizón y Julio César Arana, en típico outfit de barones del caucho. Tizón recibió el informe final de manos de Roger Casement. Arana, tras su paso por la alcaldía de Iquitos, fue senador por Loreto y presidió la Cámara de Comercio de esa región. En el segundo piso de su casa quedaba la sede del Poder Judicial.

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Como era de esperar, Arana y los demás barones no se retiraron de inmediato. Entre 1922 y 1928 –los años en que el tratado Salomón-Lozano, que demarcaba la frontera con Colombia, se mantuvo “en secreto”– explotaron todo el caucho que pudieron y, en desbandada, iniciaron un ciclo de migración forzada de nativos, trayéndolos de la frontera para que se dedicaran a labores agropecuarias. Este éxodo fue lo último que necesitaba la cultura amazónica para terminar de sufrir: pueblos enteros desaparecieron víctimas del maltrato, enfermedades como la viruela y el sarampión, y la pena.

Con el fin del Oncenio de Leguía, Arana se retiró de la vida pública, sin jamás sufrir carcelería ni punición alguna. Murió a los 88 años en su casa de Magdalena, en Lima. Una calle principal de Iquitos lleva su nombre.

En su magnífico libro “La vida en común”, Tzvetan Todorov señalaba: “Tal vez el hombre vive en primer lugar en su propio cuerpo, pero solo comienza a existir por la mirada del otro; sin existencia, la vida se apaga”. Un holocausto como el ocurrido en la Amazonía hace apenas un siglo no se hubiera dado si el país simplemente hubiera entendido la selva como parte de su territorio y a sus habitantes, ya ni siquiera como compatriotas, sino como seres humanos. Lo cierto es que se trata aún de un escándalo invisibilizado, que apenas merece unas líneas –si acaso eso– en los libros escolares de historia. Tanto el documental de Wilton Martínez como la muestra del LUM son una forma de recordarlo. De tenerlo presente. De no quitárnoslo de la memoria. Para que no haya otro ‘boom’ del caucho, ni tampoco otro ‘baguazo’.

El 2012, Juan Manuel Santos pidió perdón a los pueblos amazónicos por las atrocidades cometidas durante la era del caucho ante la pasividad del Gobierno Colombiano. Piense usted, lector, cómo debería terminar este párrafo.